
Este es un tema que ha salido a menudo en conversaciones con compañeras de trabajo, amigos, conocidos, etc.
También lo he vivido en mis carnes como hijo y probablemente lo viviré como padre.
Por la naturaleza exploradora de los niños, por las capacidades de invención, por la ilusión de aprender y de iniciar nuevos proyectos llegan a veces momentos en que ves, como padre, que tus hijos van directos al fracaso.
“Se va a estrellar fijo” piensas y mientras tanto recuerdas el día que tú quisiste hacer lo mismo y que te estrellaste también o el día en que estabas decidida a intentarlo y te dijeron “te he dicho que no, lo hacemos por tu bien, un día lo entenderás” sintiéndote totalmente frustrada y enfadada.
Y aquí está el quid de la cuestión. ¿Intervenir o no? ¿Dejar que lo intenten o negarles esa posibilidad a sabiendas que saldrá mal?
La última vez que mantuvimos este debate, sin hacer estadísticas, había más o menos un triple empate entre el “yo le dejaría que lo intentara”, “yo evitaría que lo intentara” y el “no sabe / no contesta”.
Bien, sé que es una decisión difícil y sé que sobretodo hay que ver el carácter y la personalidad del niño en cuestión, pero me veo capaz (valiente que soy) de realizar una generalización o como mucho de decir qué pienso del tema.
“Quien no arriesga no gana” o “Al que teme la muerte la miel le sabe a hiel” son dos proverbios que resumen mi opinión al respecto.
Yo sé quién soy yo (o eso creo) y sé dónde puedo arriesgarme y dónde no, sé dónde siento miedo y dónde me siento seguro y sé hasta dónde quiero llegar y dónde prefiero parar, pero yo no soy mi hijo, yo no sé hasta dónde quiere llegar, ni dónde está su nivel de seguridad o hasta dónde se atreve a la hora de emprender nuevos proyectos o aventuras.
Con esto quiero decir que yo pude vivir una mala experiencia con algo que quise intentar y no conseguí, y que mi hijo quizá lo consiga.
Quiero decir que puede que se dé el mismo batacazo que me llevé yo, y quizá él tenga la capacidad de volverse a levantar e intentarlo de nuevo ahí donde yo tiré la toalla.
Quizás yo viví una mala experiencia que no quisiera jamás volver a repetir y ante un revés igual, mi hijo sea capaz de extraer diferentes conclusiones o transformar una mala experiencia en un aprendizaje positivo.
Los niños, como personas que son, tienen una vida que vivir y unas decisiones que tomar. Si nosotros las tomamos por ellos, jamás serán autónomos, jamás habrán aprendido a escoger.
No quiero decir con esto que los niños tienen que hacer lo que les de la gana en cualquier circunstancia. En toda casa hay unas normas establecidas y unos valores que deben ser respetados, pero los padres podemos tener la manga un poco ancha en cuanto a las elecciones de la vida porque de esta manera crecerán a partir de la responsabilidad sobre sus actos y no a partir de las limitaciones que les impongamos.
En otras palabras, creo que vale más que ellos vayan un paso por delante si así lo han decidido para que yerren y aprendan de sus errores que no que caminen un paso detrás nuestro y seamos nosotros los que marquemos su destino.


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